3 “no” para la innovación

“Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo  que nos desborda,  que no significa nada si no permite a los hombres acercarse  y conocerse” escribía el gran poeta lautarino Jorge Teillier, para significar que la palabra está al alcance de la mano para hacernos girar a unos y a otros, en torno en esta recurrencia inexorable, de ser sociedad día a día.

Lo mismo debiera ocurrir con la innovación. Lejos del laboratorio científico, del atalaya intelectual, de la entelequia empresarial o la jerigonza del managment, la innovación debiese ser usual y acercarnos a científicos, empresarios, intelectuales y ciudadanos, para inventar un futuro preferible y no vivir resignados a iterar prácticas, que muchas veces nos insatisfacen y hasta nos condenan.

¿Innovar debe ser siempre crear algo nuevo? No. La misma poesía revela como combinando acentos y tonos, hallando una voz, focalizando en temáticas e interpretando intereses de las personas y comunidades, los poetas juegan con las palabras a describir y ampliar ese mundo que somos. Las palabras existían, no hay nada nuevo allí. La novedad está en el estilo que las integra, en la fuerza con que se revelan hechos, fenómenos o emociones, que la poesía nos permite distinguir.

¿Innovar significa  siempre cambiar? No. Me atrevo a decir que lo más importante al innovar es hacer que lo trascendente para una comunidad, empresa o grupo social, permanezca. Innovamos para preservar lo que más nos importa: nuestra identidad. Ninguna organización es capaz de soportar el cambio como un continuo. Los seres humanos y las instituciones que constituímos, somos conservadores por naturaleza. Innovamos para  conservar (nos).

¿Innovar es complejo y requiere inteligencia superior? No. El aspecto cognitivo de la innovación es a mi juicio el menos relevante. Una persona “inteligente” no es la que más respuestas entrega ante cualquier consulta, es la que mejores preguntas formula en torno a lo que viven él y su sociedad. Innovar es una práctica humana basada en nuestra capacidad de hacer-con-otros, mediante la cual nos hacemos cargo de lo que nos insatisface. Todos podemos participar de la larga cadena de la innovación, para ello basta que sepamos formular buenas preguntas y tener el ánimo de pasarnos a veces,  largos años, explorando las respuestas para ellas.

La innovación es una práctica cultural que encuentra su mejor cauce en una sociedad que es capaz, no sólo de aceptar la discrepancia entre sus miembros, sino también de fomentar la diversidad y la disonancia, reconociendo con alegría que lo común nos reconforta y lo distinto nos estimula. Innovar requiere antes que nada con-versar, que según su etimología significa “dar vueltas con”.  Para que, en palabras de Teillier, la innovación  sea  “usual como el cielo  que nos desborda” debemos preguntarnos ¿con quién daremos vueltas desde hoy?

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